CICATRICES Y ESTRELLAS en LA SEGUNDA LENGUA

Dos títulos engarzados para unir las voces de dos poetas que hablan y cantan, separados por doce mil kilómetros de distancia geográfica, que no tienen más extensión que las seis sílabas de sus nombres: Yolanda y Francisco, poetas maduros en el raro oficio de hacer brotar estrellas en las cicatrices del tiempo, o hacer hablar con vibración universal esa “segunda lengua” que fue, en verdad, la primera, porque en su milenario fluir cantaron las voces de los antepasados, esos antergos que hoy habitan las desperdigadas regiones del silencio migratorio, en todos los destinos de la Rosa de los Vientos.

 

Francisco Véjar nació en Viña del Mar, Quinta Región de Chile, en 1967; el Último Reino austral que fundaran los iracundos hispanos llamados conquistadores, hace cinco siglos; Yolanda Castaño vio la primera luz en una urbe de piedra levantada setecientos años antes, en el noroeste de la Península Ibérica, Santiago de Compostela (Campus Stellae, el “campo de las estrellas”, según el eremita que la fundó), diez años después que el poeta chileno.

 

Les acopla la lengua poética, a través de estos dos libros: La Segunda Lengua y Cicatrices y Estrellas. El primero, editado en 2014: Colección Visor de Poesía, Madrid; el segundo, en 2016: Huerga & Fierro Editores, Madrid. Ambos autores están unidos por un tono poético pulsado desde la intimidad de la saudade, de esa nostalgia por lo remoto temporal donde vibran los íntimos ecos de lo recóndito, nominada con la palabra morriña,  concepto que para los gallegos e hijos de inmigrantes constituye expresiva metáfora del desarraigo. Francisco ha padecido –aún padece, me atrevo a decir- de otros extrañamientos que van más allá de lo territorial, en la inescrutable estirpe de anhelos tronchados, de esperanzas fugitivas, instancia que el poeta exorciza por medio de la palabra poética, ejercicio lúdico y existencial que puede alejarnos del abismo o atraernos a sus profundidades, tentación compulsiva que es inherente al proceso de creación artística entendida como manera de vivir.

 

Yolanda Castaño escribe en esa “segunda lengua”, la gallega, que para la poeta es la primera, porque mana de la fuente materna, aunque la diglosia, esa mala convivencia de dos idiomas –el gallego rumoroso de campesinos y marineros, y el castellano de imposiciones imperiales y teocráticas, vivida durante cinco siglos-, haya conducido a la disgregación de uno de ellos, a su lento e implacable extravío en su reducida comunidad de hablantes, mientras el otro, campeando desde la escritura religiosa y civil hasta la económica, extendió sus redes a cientos de millones de falantes, en diversas formas tribales o dialectales. Pero la poeta Yolanda sabe que existe un ámbito, si no sagrado, al menos protegido por el quehacer poético, región no precisada en los mapas, que las palabras trazan en la más perenne de todas las cartografías: el libro. Así lo entendemos en su poema, bilingüe como todo el poemario que nos regala:

 

PEDRA PAPEL TESOIRA                               PIEDRA PAPEL TIJERA

 

Cando miran os ollos pechados,                    Cuando los ojos cerrados miran,

as rodas vólvense un xogo de mans               las ruedas se vuelven un juego de manos.

 

(O libro de poesía ábrese de máis                  (El libro de la poesía se abre de más

e convérsese en baralla).                               y se convierte en baraja).

 

Non é arrogante acender unha luz,               No es arrogante encender una luz,

tampoco miserable escribirmos ás escuras… tampoco miserable que escribamos a oscuras…

 

Hay aquí una clave lingüística especial, quizá intraducible en el hondo sentido semántico; me refiero a la palabra tesoira, que en castellano equivale a tijera. ¿Será que aquel sencillo adminículo cortante fue en un comienzo tan escaso y apreciado como un tesouro, allí, donde se forjó una de las más antiguas lenguas romances, la galaico-portuguesa?

 

Yolanda Castaño me responde, en el mismo hallazgo del poema:

 

Non perdas áncora ao mundo,                                  No pierdas ancla con el mundo,

            nin tacto co que as palabras soporta,                        ni tacto con lo que las palabras soporta,

            non temas en serrarlle as patas                                 no temas en serrarle las patas

            para que poida chegar aínda máis alto.                    para que pueda llegar aún más arriba.

 

            Aquí                                                               Aquí

            xeramos linguaxe.                                          generamos lenguaje.

            Realmente escribimos                                     Realmente escribimos

porque unha imaxe vale máis ca mil palabras.          porque una imagen vale más que mil  

                                                                                  palabras.

 

 

Francisco Véjar, en cambio, escribe en ese castellano que, al decir de Neruda, “heredamos de los conquistadores torvos”, ahora denominado en la universalidad mercantil del vocablo “español”, como si no fuesen también españolas o peninsulares de geografía idiomática, el gallego, el catalán y el vascuence. Pero es una fala o fabla o habla dulcificada por la prosodia chilena y enriquecida por nuevos vocablos y significaciones, algunos de ellos recogidos, en el involuntario hablar cotidiano, del mapudungun, lengua de nuestros originarios ancestros Mapuche, hoy preterida y ultrajada, más allá incluso de un fenómeno de diglosia, por odiosa supresión.

 

 

APUNTES SOBRE LA CARÁTULA

DE UN DISCO DE STAN GETZ

 

Salimos del amor como de una catástrofe aérea

después de vagar por moteles y playas solitarias

donde nuestras huellas desaparecían tras la marea;

días y días de bañarnos con champaña

y hacer el amor mientras gritaba el oleaje.

Fuimos una rara especie de animales

que escribían sáficos imperfectos

en sus cuerpos desnudos.

Así, jugábamos a creer que dominábamos la lengua

como dominábamos ese instante.

 

Hoy atesoramos manuscritos, discos de jazz, libros

Y esa llama que quisiéramos encender

Como un profano que retorna a su creencia

Y enciende las velas de un oxidado candelabro.

 

Salimos del amor como de una catástrofe aérea

Sin equipaje ni boletos de vuelta.

 

Y que me perdone Yolanda, compañera de Francisco en estas páginas que enhebro, también con amor por esa segunda lengua que aprendí en la infancia, de mi abuela gallega y de mis tías campesinas de la Galicia profunda, por mi traducción al gallego de este poema.

 

 

APUNTAMENTOS SOBRE A CARÁTULA

                                         DUN DISCO DE STAN GETZ

 

                        Saímos do amor como dunha catástrofe aérea

                        despois de vagar por moteles e praias solitarias

                        onde as nosas pegadas desaparecían tras a marea;

                        días e días de bañarnos con champaña

                        e facer o amor mentres berraban as ondas.

                        Fumos unha rara especie de animais

                        escribindo sáficos imperfectos

                        nos seus corpos espidos.

                        Así, xogabamos a crer que dominabamos a lengua

                        como dominabamos ese intre.

 

                        Hoxe atesouramos manuscritos, discos de jazz, libros

                        e esa chama que quixésemos acender

                        como un profano que retorna á súa crenza

                        e acende as velas dun enferruxado candeeiro.

 

                        Saímos do amor como dunha catástrofe aérea

                        sen equipaxe nin boletos de volta.

 

Francisco Véjar ha crecido, poéticamente hablando, desde ese primer poemario, Fluvial, que conocimos (y prologamos) en 1988, cuando el poeta contaba con veintiún años de edad, muchos sueños en el fardel y la ansiedad de un muchacho a quien se le insinúan las hadas lúbricas del lenguaje. Años de oficio, trabajos varios y emprendimientos en el difícil y mezquino mundo de la literatura chilena. Colaborador crítico del decano de la prensa chilena, antologador y gestor cultural. Pero, sobre todo, poeta, y no versificador, como hay tantos… Su maduración en el arte lírico ha ido a parejas con su crecimiento vital -¡cómo si no!-, entre aciertos y caídas, levantándose como esos antiguos juglares y trovadores que emprendían el Camino de Santiago, después de padecer innumerables peligros y tropiezos en pos de llevar su palabra, cantada junto a la chirimía, el sacabuche, la gaita o el tambor, hasta esa ciudad señalada desde las constelaciones por la Vía Láctea, tanto para los primitivos celtas que caminaban hacia el lugar donde moría el sol en cada jornada, como para los cristianos que levantaron el mito del Apóstol; incluso para los cultores del esoterismo y las fundaciones herméticas.

 

El poeta no precisa escribir su biografía, con hitos y señales cronológicos; ni siquiera con sucesos contados en sordina, para evitar las murmuraciones o el escándalo social, que, curiosamente, se torna más vocinglero entre pares, como si estuviesen al acecho de las mismas miserias humanas que les afectan. Al poeta le basta con transformar un poema de Leopoldo María Panero en una estación, para conjurar, desde su andén imaginario, las sombras aciagas desveladas por el verso, su propia circunstancia o parte esencial de ella:

 

ESTACIÓN LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

Estación Leopoldo María Panero

todo lo que escribo y diviso

se va al fondo de la sangre.

Fumo para mirar la vida que pasa

mientras el cenicero acumula

voces e ideas de locos rematados.

 

El dipsómano baja urgente en la estación

a beberse un Nevermore.

 

Nuestra suerte sigue en manos de los ciegos

y lo que escribimos tal vez sea leído por parejas del 2050

en el follaje de un bosque agitado por el viento.

Hay luces harapientos, tumbas sin sosiego,

Niebla sobre el césped de la calle Miguel de Cervantes.

 

El dipsómano sale urgente de la estación

a beberse un Nevermore.

 

Aquí dejamos latas de cervezas,

colillas que se acumulan en ceniceros,

cenizas que se acumulan en cementerios.

 

Observamos el funcionamiento del camión de la basura

mientras el dipsómano vuelve urgente a la estación

a beberse el crepúsculo Nevermore.

 

 

No conocía yo la poesía de Yolanda Castaño; doble pecado de inadvertencia: primero, por su notable e indiscutible calidad; segundo, porque escribe en esa lengua, minorizada y minoritaria, que aprendí a querer desde muy niño. No habrá aquí penitencia ni tampoco expiación, salvo este disfrute de su hondo estro poético, nacido en una tierra de milenaria tradición lírica. Y aunque me desagradan esos tópicos manidos, como el que “Chile es un país de poetas” (preciso sería cambiar “poetas” por “versificadores”), debo reconocer y destacar la vieja y acendrada virtud trovadoresca de los cultores de poesía en lengua gallega. Hará cinco o seis años, escribí una crónica sobre la palabra Galicia, en homenaje a mi padre gallego, tal vez porque fue la última que pronunció antes de su pasamento, o tránsito a la otra orilla, según se dice en la Terra Nai. Yolanda ha escrito un bello poema, que hace enmudecer aquella crónica. Excúsame, amable lector, que no pueda incluir aquí, por razones de espacio, sus dos versiones: gallego – castellano. Lo dejaré en lengua de Castilla, no sin antes recordar la admonición de Rosalía de Castro, dicha a propósito de los emigrantes que iban a trabajar a los trigales de La Mancha: “Casteláns, tratade ben aos galegos…”

 

 

LA PALABRA GALICIA

 

Para contarte de dónde vengo,

te tengo que sacar la lengua.

 

Dónde se ha visto que el fuego lama la hojas, lama la

corteza, lama la raíz y

lama un poco de todo sin apenas entreabrir los labios.

 

Hay pueblos tan educados

que nunca enseñan la lengua.

 

Desde el tumulto de una ciudad impaciente por morder

tú dices hrvatski, hrvatski,

eso solo puede parecer un idioma que se esputa.

 

Hay posturas de la lengua

que no entiendo.

 

Hay que tomarse el riesgo de sacarla para afuera, entre los dientes.

Por eso pronuncio maza, digo cercear, zarzallo.

 

Ya sé que hay quien se reserva la lengua.

 

Como una vocal abierta en el momento inoportuno,

como ropa barata, un tufo sospechoso.

 

Hay pueblos enteros que se van de la lengua.

 

Cuando me cuentas que no distingues

en cuál de los dos idiomas estoy hablando, era

para partirte la boca,

así tendrías tú también una lengua dividida en dos

como Corea, ¿verdad?

 

Hay lenguas que me quedan

lejos.

 

Las hay con tendencia a salirse de la boca y

plantarse en la solapa,

otras tienen cicatriz de tanto ser mordidas por los dientes.

 

Hay lenguas en que se hizo sangre.

Un anzuelo clavado en el cartílago laríngeo.

 

Hay fonemas que salen de un recoveco bucal que no conozco,

otros, responden a planes de autoexterminio.

 

No me queda otro remedio, señor de sus silencios, soy

esclava de las palabras y habré de condenarme por mi lengua.

 

Por eso: cinza, cercella, zazamelo.

Nada de galisia, nada de galichia,

atiéndeme bien: ga-li-Cia.

 

 

En boca de Yolanda Castaño, recibo esta, su “Segunda Lengua”, como la primera, y la guardo, para que siga resonando, como la vieja zanfoña de la estirpe, en la gaiola (jaula) secreta del corazón. Y de mi amigo y preclaro poeta, Francisco Véjar, recojo, como colofón de este escrito, los últimos versos de sus estrelladas cicatrices:

 

…Estoy sin voz, no tengo lenguaje,

ningún barco para tan larga travesía, los ojos

fijos, me callo, esperando

aprender por fin la lengua de la nada.

 

 

Edmundo Moure
Enero 7, 2018