Al primer soplido del lobo natural

Luego de las últimas catástrofes, el fuego destruyendo 500 mil hectáreas de bosques esencialmente “inertes” pino y eucaliptus y de los cortes de agua que afectaron a 5 millones de personas de la Región Metropolitana, cabe preguntarse si el modelo económico adoptado y en plena vigencia, -este modelo cuyo principio fundamental y fundacional sentencia que “el mercado asigna y distribuye los recursos”- contempla la asignación de recursos para evitar estas catástrofes, y la respuesta que la realidad entrega es categórica: el sistema no contempla inversión alguna en prevención y seguridad para sus habitantes. La lección resulta demasiado sería, pérdidas de vidas, miles de damnificados, pérdidas materiales incalculables y daño ecológico irrecuperable, en resumen un modelo de desarrollo afirmado en palitos de fósforo pegados con una fuerte “retórica” neoliberal emprendedora. Al primer soplido del lobo natural el castillo se vino abajo y los escritores, artistas e intelectuales tenemos que alertar al despreocupado lector sobre las catástrofes que se nos vienen si seguimos “prosperando” en este sentido, con un profundo desprecio por los equilibrios ecológicos, saturados de inversiones y proyectos cortoplacistas, que arrojan a la marginalidad y la ignorancia a millones de personas, a la pobreza y a la indigencia.

¿Este es el país que queremos? No digamos el país que soñamos porque parecería pesadilla, el país que queremos, ese, lo encontramos acelerado y agresivo, como que cada quien hace lo que quiere y se le viene en gana, pone un cono en la calle y desvía el tránsito, si no entra por la puerta se mete por la ventana, demuele historia y patrimonio sin contemplaciones, encaja un edificio en abierta agresión estética donde se le canta, ya sea frente al mar cubriendo la vista de todos, o en medio de la ciudad típica, arregla leyes con ayuda del legislador a su antojo imposibles de derogar y no por nada, la justicia por estafa nacional se evade a pago de siete mil pesos por nuca, la micro por “penca” o por lo que fuere no la paga nadie, los agentes del orden y seguridad dan masivos ejemplos de corrupción, y podríamos seguir, pero detengámonos, porque algo tiene que ver con los bajos índices de lectura y de comprensión de lo que se lee, sin duda.

Los chilenos no estamos leyendo y si leemos lo hacemos sin comprender y por extensión estamos leyendo mal la realidad y el entorno, no sabemos donde estamos, porque no tenemos idea de quien fue Alberto Blest Gana y “Martín Rivas” que no se hizo famoso en un reality, no, y quien no ha leído a Baldomero Lillo y a Pezoa Véliz, a Francisco Coloane y Manuel Rojas, no tiene idea donde está parado, a Fernando Alegría y José Donoso, y no es tema de historia de Chile, que no hay historia de Chile que pueda trasmitir lo que trasmite la obra de estos escritores, la obra de Gabriela Mistral, que si no fuera por el NObel no la ubicaría nadie, a María Luisa Bombal, Delia Domínguez, Joaquín Edwards Bello, sin estas lecturas mínimas, es como haber nacido en otro planeta sin coordenadas y llevar el nombre de chileno de casualidad pura; sin embargo, los programas de estudio los ignoran, se disminuyen las horas pedagógicas de estas materias aumentando otras por ser más “prácticas” y así estamos, sin que nos sorprendan los rápidos de manos que saltan del lugar menos pensado, conformes con quienes nos dejan sin agua por dos y tres días completos, echándole la culpa al calor y al viento por nuestras desgracias. Así estamos.

Pero las instituciones funcionan, esto se podría repetir ahora como alguien lo dijo por ahí hace ya un tiempo, es decir, esta institucionalidad heredada de la dictadura estaría funcionando, y claro que está funcionando, como no, ante nuestros propios ojos está funcionando, de muestra tenemos cientos de botones, …por dónde quiere que comencemos.

 

Roberto Rivera Vicencio

Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile