A fuego eterno condenados, de Roberto Rivera.

La fantasía delirante de Roberto Rivera en A fuego eterno condenados, recuerda a Bulgakov y su obra maestra: El maestro y Margarita, ambas obras juegan con la idea del demonio dando forma a la sátira apologética, generando personajes y situaciones convincentes, a pesar de una ingeniería por momentos exagerada en lo grotesco. Un artilugio narrativo difícil de manejar, al cual Rivera echa mano con mucha facilidad para exacerbar su denuncia social, política y existencial. Enfrentamos así una novela que indudablemente busca más allá de la mera entretención, y por tanto compleja.  La realidad ha sido demonizada en su conjunto, y por tanto los personajes emergentes se nos presentan como seres provenientes o en camino al infierno.

En A fuego eterno condenados, Rivera no da tregua a sus personajes, los exprime hasta sonsacarle sus más cruentas verdades, exagerando sus vicios y virtudes: y, en consecuencia, cuestionando a través suyo la realidad circundante, que entendemos como el Chile en plena dictadura, por donde circula Nicomedes Mateluna, cantante callejero, especie de fantasma o esperpento; mientras por otra vertiente de tintes claramente surrealistas, por el corte  onírico, corre el Poder, manifestado en la gorda y el minotauro, fieles retratos de lo demoniaco.

La narración adquiere por momentos tonos propios del arte dramático, toda vez que configura diálogos que bien podrían ser representados por actores en una sala de teatro, y que obedecen, en mi opinión, a la indudable influencia de la literatura rusa en la fantasía novelesca del autor.

El lenguaje de Rivera en esta novela es potente, a veces demasiado directo, sin tapujos, exagerado en la nominación de intimidades que en obras de autores de su misma generación, corren más bien ocultos, dosificados de impudicia. Una novela sin duda que hay que releer para recordar aquellos tiempos tenebrosos  y escalofriantes vividos por nuestra generación.

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Noviembre del 2017

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